Un nombre apropiado: del suelo pegajoso al techo de cristal

Nos hemos encontrado en la cola del paro. Tres miembros de una familia: el joven de dieciocho años y nosotras, ambas de treinta y dos. Él es mi ahijado, no le motiva la carrera que ha empezado y lo he arrastrado conmigo hasta el servicio de empleo para que atisbe un poco de realidad, para que abra los ojos al mundo y no pase por lo que yo he pasado.

Ella es la mujer de mi primo, ha sido madre por segunda vez. Lleva trabajando desde los dieciséis años: limpiando, de dependienta en un super, cargando y descargando. Acaban de despedirla alegando una falta grave inventada. Buscan a alguien que no tenga que conciliar, que no se quede embarazado. Ella ha denunciado esta situación. De su sueldo dependen dos hijas y un marido igual de precario.

En cuanto a mí, ya no sé cómo resumir mi trayectoria profesional. Con mi experiencia internacional, docente, formadora de adultos, investigadora doctoral, gestora sociocultural… En función del puesto la adapto. Mis contratos son temporales. Todavía no me puedo permitir tener hijos y apenas pagar el alquiler y las facturas. Aún así me siento feliz de haber resistido en Murcia estos años dando clase a desempleados, aunque rodeada de culpa y desesperación.

Acabo de salir de una operación aprovechando los meses que no he trabajado. Mi paro no alcanza los 300 euros y pronto se habrá acabado. No importa, yo me adapto…En tiempos como los que corren, en los que toda una generación (tan sobrecualificada, como condenada a la emigración o a la precariedad) se hace mayor con la crisis, cualquier oferta de trabajo es bienvenida. Y pasar a la fase de entrevista, un logro.

Así, al menos, lo había considerado hasta ahora, cuando tras años de estudio, internacionalización e incluso emprendimiento me he visto avocada al pluriempleo, a la eventualidad y finalmente, desde hace tres meses, al paro. No hay mal que por bien no venga, esta situación me permite dedicar tiempo a terminar mi doctorado (me han ofrecido dar clase gratis en la universidad a cambio de un certificado).

Techo de cristal imagen

Una oportunidad para la que no valían mis méritos

Hace poco, de forma inesperada, la oportunidad parecía haberse cruzado en mi camino al recibir el correo de un centro concertado. En él, la directora de secundaria se interesa por mi trayectoria y me cita para la siguiente semana.

La primera fase de la entrevista es con ella, una mujer cercana. Valora mis méritos y me dice que si la madre superiora da el visto bueno la incorporación es inmediata.

Espero una hora a ser atendida. Entonces me recibe. Yo estoy dispuesta a responder con sinceridad a aquellas preguntas de índole personal que quiera hacerme. La primera es lanzada aún de pie:

– Violeta…¿Qué clase de nombre es ése?

¿Qué puedo responder a alguien que comienza una entrevista para un puesto de trabajo pagado con dinero público de ese modo?

Mis años de docencia, de labor social, los idiomas que hablo, las publicaciones, los premios, los libros que he escrito, los cortometrajes rodados con los niños, los programas de radio, los recitales, el máster, el doctorado… A sus ojos (que no a los de Dios) de nada sirven sin un buen nombre.

Y así, semanas después, tres miembros de una familia se encuentran en la cola del paro. Parece el comienzo de un chiste. De uno de mis relatos.

Tres, con diferentes niveles de estudio (de dinero invertido en títulos, en certificados) dando tumbos, de empleo en empleo o con las expectativas bien altas. Primero nos llamaron ninis, más tarde “espíritus aventureros”… Ahora, por lo visto, somos oportunistas y feminazis al reclamar nuestros derechos (por no quedarnos ni quietas, ni paradas, ni calladas).

Yo, cada vez menos joven, tendré que seguir luchando contra el suelo pegajoso, contra el techo de cristal y buscando un nombre apropiado.


Autora: Violeta Sáez Garcés De Los Fayos (Murcia, 1985). Escritora, docente, dinamizadora sociocultural e investigadora doctoral en igualdad y violencia de género en la adolescencia (Universidad internacional iberoamericana). Fundadora de DINAMUR. Licenciada en Filología Hispánica. Máster en Formación de profesorado y enseñanza de lenguas extranjeras.

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